Los efectos de las redes sociales en el bienestar

El auge de las redes sociales ha provocado tanto optimismo sobre sus potenciales beneficios sociales como preocupación por daños como la adicción, la depresión y la polarización política. En general, la revolución digital de las TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación) marca un antes y un después en nuestros hábitos laborales y de ocio. Y no sólo por las redes sociales: aunque la polémica ya queda lejos, los videojuegos fueron muy atacados, y finalmente la OMS reconoció en 2018 que la adicción a los videojuegos es un desorden de salud mental e incluyó esta problemática en la Clasificación Internacional de Enfermedades (IDC), dentro de los desórdenes relacionados con comportamientos adictivos. En general, los smartphones han cambiado nuestra vida, dándonos un acceso inmediato al mundo digital. Cuando hablamos de adicciones lo hacemos refiriéndonos, claro está, a comportamientos compulsivos, incontrolados. No podemos —ni queremos— discutir los enormes beneficios de este nuevo mundo a nuestro alcance. Pero seamos sinceros: todos vemos a diario un consumo desmedido, incluso incontrolado, de Internet y todo lo que nos ofrece. Basta con tomar un transporte público: el porcentaje de personas conectadas a redes sociales a través del móvil sigue sorprendiendo. ¿Qué hacíamos antes de tener Facebook, Twitter o Instagram?

Está claro. Todo aquello que altere el sistema natural de recompensa de nuestro cerebro es susceptible de crearnos una adicción, y las redes sociales provocan una sensación de recompensa inmediata. Autores como el filósofo alemán de origen coreano Byun-chul Han (en varias de sus obras, pero especialmente en En el enjambre) nos alertan desde hace tiempo de los peligros que supone la construcción de la personalidad en el falso mundo de las redes sociales, en las que no hay filtro alguno y cada like que obtienes se convierte en una dosis de dopamina digital. Incluso los ejecutivos de Silicon Valley, los mismos que están detrás de la constante renovación tecnológica, han empezado a restringir su uso en sus hogares.

Pero volvamos a las redes sociales y a Facebook, el rey de reyes. Ya en el año 2012 se oyeron las primeras voces alertando de posibles problemas, cuando un grupo de psicólogos estadounidenses comenzaron a hablar del Trastorno de Adicción a Facebook, Facebook Adiction Disorder (FAD), estimando ya entones que hasta 350 millones de personas en el mundo podrían estar sufriéndolo. Si bien es cierto que el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-V) no lo contempla como trastorno mental, el mes pasado nos encontramos con parte de lo que nos faltaba: la publicación de un estudio científico, riguroso y con una muestra de trabajo significativa. Así, Hunt Allcott, Luca Braghieri, Sarah Eichmeyer y Matthew Gentzkow publicaron el pasado 1 de abril de 2019 “una evaluación aleatoria de los efectos de Facebook en el bienestar, centrándonos en los usuarios de EE. UU. durante el periodo previo a las elecciones de 2018. Medimos la disposición de 2.743 usuarios de Facebook a desactivar sus cuentas durante cuatro semanas, luego asignamos un subconjunto al azar para que lo hicieran de una manera verificable. Usando un conjunto de resultados tanto de encuestas como de medición directa, mostramos que la desactivación de Facebook redujo la actividad online, incluidas otras redes sociales, al tiempo que aumentó las actividades offline, como ver la televisión a solas y socializar con familiares y amigos; redujo tanto el conocimiento de los hechos noticiables como la polarización política; causó un mayor bienestar subjetivo; y generó una gran y persistente reducción en el uso de Facebook después del experimento”.

En el ensayo (puedes bajar el original completo en inglés en este enlace) se hace hincapié en los efectos sobe el bienestar subjetivo del grupo de estudio, midiendo variables como la ansiedad, la angustia o la depresión. Lógicamente, también se refiere el acceso a la información, pero vamos a centrarnos en los resultados que atañen al bienestar, a la salud mental y a la posibilidad de que un uso compulsivo de Facebook acabe por generar dependencia.

“Las redes sociales han tenido profundos impactos en el mundo moderno. Facebook, que sigue siendo la compañía de redes sociales más grande, tiene 2.300 millones de usuarios activos al mes en todo el mundo (Facebook, 2018). A partir de 2016, el usuario promedio gastaba 50 minutos al día en Facebook y sus plataformas hermanas Instagram y Messenger. Puede que, desde la televisión, no haya tecnología que haya cambiado tan dramáticamente la forma en que las personas obtienen información y pasan su tiempo”.

“La especulación sobre el impacto en el bienestar de las redes sociales ha seguido una trayectoria que nos es familiar, con un optimismo inicial acerca de los beneficios potenciales que dio paso a una preocupación generalizada por los posibles daños. En un nivel básico, las redes sociales reducen drásticamente el costo de conectar, comunicarse y compartir información con otros. Dado que las conexiones interpersonales se encuentran entre los impulsores más importantes de la felicidad y el bienestar (Myers 2000; Reis, Collins y Berscheid 2000; Argyle 2001; Chopik 2017), se podría esperar que esto genere mejoras generalizadas para el bienestar individual. Muchos también han señalado beneficios sociales más amplios, desde facilitar la protesta y la resistencia en países autocráticos, hasta fomentar el activismo y la participación política en democracias establecidas (Howard et al. 2011; Kirkpatrick 2011)”.

“Más recientemente, la discusión se ha centrado en una serie de posibles impactos negativos. A nivel individual, muchos han señalado correlaciones negativas entre el uso intensivo de las redes sociales y el bienestar subjetivo y la salud mental de los usuarios. Los resultados adversos, como el suicidio y la depresión, parecen haber aumentado considerablemente durante el mismo periodo de expansión del uso de teléfonos inteligentes y las redes sociales. Alter (2018) y Newport (2019), junto con otros académicos y destacados ejecutivos de Silicon Valley en el movimiento Tiempo bien Empleado, argumentan que los dispositivos de medios digitales y las aplicaciones de redes sociales son perjudiciales y adictivos. (…) Además, las redes sociales son el canal principal a través del cual se difunden en línea noticias falsas y otro tipo de información errónea (Allcott y Gentzkow 2017), y existe la preocupación de que las campañas de desinformación coordinadas puedan afectar las elecciones en Estados Unidos y en el extranjero”.

“Nuestro estudio ofrece la evidencia experimental de mayor escala disponible hasta la fecha sobre la forma en que Facebook afecta a una serie de medidas de bienestar social e individual. Evaluamos la medida en que el tiempo empleado en Facebook sustituye las actividades alternativas online y offline, con especial atención a la exclusión del consumo de noticias y las interacciones sociales cara a cara. (…) Estudiamos el impacto en la utilidad individual a través de medidas de bienestar subjetivo, obtenidas a través de encuestas y mensajes de texto. Finalmente, analizamos en qué medida fuerzas como la adicción, el aprendizaje y el sesgo de proyección pueden provocar malas prácticas de consumo al observar cómo cambia el uso y la valoración de Facebook después del experimento”.

“Los resultados obtenidos dejan pocas dudas de que Facebook ofrece grandes beneficios para sus usuarios. La mayoría de las personas de la muestra valora cuatro semanas de acceso en 100 dólares o más (…). Los casi 60 minutos que nuestros participantes dedican a Facebook cada día ya sugieren por sí mismos el valor sustancial que proporciona. Los resultados sobre consumo de noticias y conocimiento sugieren que Facebook es una fuente importante de noticias e información. Las respuestas de nuestros participantes a preguntas voluntarias y entrevistas de seguimiento aclaran las diversas formas en que Facebook puede mejorar la vida de las personas, ya sea como fuente de entretenimiento, un medio para organizar actividades benéficas o grupos activistas o una importante línea vital para los que de otra manera estarían aislados”.

“Cualquier discusión sobre las desventajas de las redes sociales no debe ocultar el hecho básico de que satisface necesidades profundas y generalizadas. No obstante, nuestros resultados también dejan claro que las desventajas son reales. Ofrecemos la evidencia experimental a mayor escala que mide un amplio conjunto de impactos potenciales tanto a nivel individual como social. Encontramos que cuatro semanas sin Facebook mejoran el bienestar subjetivo y reducen sustancialmente la demanda posterior al experimento, lo que sugiere que fuerzas como la adicción y el sesgo de proyección pueden hacer que las personas usen Facebook más de lo que lo harían. (…) Las magnitudes estimadas implican que estos efectos negativos son lo suficientemente grandes como para ser preocupaciones reales, pero también son más pequeños en muchos casos de lo que uno podría haber esperado, dada la investigación previa y la discusión popular”.

“La trayectoria de los puntos de vista en las redes sociales, con un optimismo inicial acerca de los grandes beneficios que dan paso a la alarma sobre posibles daños, nos es familiar. Las innovaciones, desde las novelas hasta la televisión y la energía nuclear, han tenido trayectorias similares. Junto con el importante trabajo existente de otros investigadores, esperamos que nuestro análisis pueda ayudar a pasar la discusión de caricaturas simplistas a pruebas sólidas, y brindar una evaluación sobria de la forma en que una nueva tecnología afecta tanto a personas individuales como a instituciones sociales más grandes”.

Figura 2. Sustitutos de Facebook

“La figura 2 presenta los efectos del tratamiento en los sustitutos de Facebook: los sustitutos del tiempo, las interacciones sociales y las fuentes de noticias. La sustitución es de interés por dos razones. Primero, nuestro tratamiento implica desactivar Facebook y también reasignar ese tiempo a otras actividades. Comprender que la reasignación es, por lo tanto, crucial para entender conceptualmente el tratamiento. En segundo lugar, esta sustitución ayuda a comprender los mecanismos de los efectos clave. Un mecanismo central a través del cual Facebook podría afectar el bienestar psicológico es evitando las interacciones cara a cara. Sin embargo, también es posible que cuando las personas lo desactivan, dediquen su tiempo disponible a otras actividades solitarias. Además, un mecanismo central para posibles externalidades políticas es que el uso de las redes sociales elimina el consumo de noticias de mayor calidad. Sin embargo, también es posible que cuando las personas se desactivan, simplemente reciben menos noticias en general en lugar de sustituirlas por otras fuentes de noticias”.

“Las filas 4 a 7 de la figura 2 sugieren que los 60 minutos liberados por no usar Facebook, así como los minutos adicionales de las reducciones en otras actividades online, se asignaron a actividades sociales y solitarias offline. Ver televisión a solas aumentó 0.17 puntos en la escala empleada, otras actividades offline y en solitario aumentaron 0.23 puntos y el tiempo dedicado a estar con amigos y familiares aumentó 0.14 puntos. El índice de uso del tiempo de sustitución (…) muestra un aumento en las actividades generales que no son de Facebook. Todos los efectos de uso del tiempo online y offline son altamente significativos (…)”.

“El grupo intermedio de resultados en la figura 2 contiene medidas de interacción social. La desactivación aumentó el conteo de actividades offline realizadas al menos una vez a la semana en aproximadamente 0.18 puntos. (…) Las estimaciones puntuales para las otras actividades offline que medimos (ir al cine, hablar con amigos por teléfono, ir a una fiesta, ir de compras y pasar tiempo con los hijos) son muy cercanas a cero. A pesar de los efectos positivos en las actividades offline, no hay efectos estadísticamente significativos en la cantidad de nuevos amigos que los participantes declararon haber conocido la semana anterior (…). No encontramos efectos en el índice de interacción social, aunque la estimación puntual es positiva”.

“En general, estos resultados sugieren que Facebook es un sustituto de las actividades offline, pero un complemento de otras actividades online. Esto sugiere la posibilidad de que Facebook pueda reducir el bienestar subjetivo al reducir las interacciones en persona (…)”.

Figura 5. Efectos en el bienestar subjetivo

“La figura 5 presenta estimaciones de los efectos sobre el bienestar subjetivo. Estos resultados son de interés porque, como se indicó en la introducción, muchos estudios muestran correlaciones transversales o de series de tiempo entre el uso de las redes sociales y el bienestar, y sobre esta base los investigadores han especulado que las redes sociales pueden tener efectos adversos graves sobre la salud mental. Los resultados se ajustan para que a más positivos representen un mejor bienestar subjetivo; por ejemplo, la variable ‘depresión’ se multiplicó por -1. Encontramos que la desactivación de hecho aumenta significativamente el bienestar subjetivo. De las diez estimaciones puntuales, todas menos una fueron positivas. Las magnitudes son relativamente pequeñas en general, con los efectos más grandes y más significativos en la satisfacción con la vida (0.12), ansiedad (0.10), depresión (0.09) y felicidad (0.08). Todos estos efectos siguen siendo significativos después de realizar ajustes para las pruebas de hipótesis múltiples. Las medidas de felicidad basadas en mensajes de texto no son significativamente diferentes de cero, con estimaciones de puntos positivos que van desde 0.01 a 0.06. La desactivación mejoró nuestro índice general de bienestar subjetivo en 0.09”.

“¿Estos efectos en el bienestar subjetivo son grandes o pequeños? Como punto de referencia, podemos considerar la escala del efecto en sus unidades originales, centrándonos en las medidas con los efectos más grandes. La felicidad es la respuesta promedio a dos preguntas (por ejemplo, ‘En las últimas 4 semanas, creo que estaba…’), en una escala de 1 (no es una persona muy feliz) a 7 (es una persona muy feliz). El promedio de la línea final del grupo de control es 4,47 sobre un posible 7, y la desactivación causó un aumento promedio de 0,12. La satisfacción con la vida es el grado de acuerdo con tres preguntas (por ejemplo, ‘Durante las últimas cuatro semanas, estuve satisfecho con mi vida’) en escalas de siete puntos. El promedio de la línea final del grupo de control fue de 12.26 de un total posible. de 21, y la desactivación causó un aumento promedio de 0.56. Depresión y ansiedad son las respuestas a la pregunta: ‘Por favor, díganos cuánto del tiempo durante las últimas cuatro semanas se sintió [deprimido / ansioso]’, donde 1 es ‘Ninguna o casi ninguna de las veces’ y 4 es ‘Todas las veces o casi todo el tiempo’. Las respuestas promedio son 2.99 y 2.60, respectivamente, y la desactivación causó aumentos promedio de 0.08 y 0.09.

Como segundo punto de referencia, el análisis de 39 evaluaciones aleatorias encontró que las intervenciones de psicología positiva (es decir, terapia de autoayuda, entrenamiento grupal y terapia individual) mejoraron el bienestar subjetivo (excluyendo la depresión) en 0.34, y la depresión, en 0.23 (…). Por lo tanto, la desactivación de Facebook aumentó nuestro índice de bienestar subjetivo entre un 25 y un 40% por ciento, tanto como las intervenciones psicológicas estándar”.

Te animamos a que consultes el informe original, pero también a que prestes atención a esta última conclusión: la desactivación de la cuenta d Facebook dante cuatro semanas produjo una mejora media en el bienestar subjetivo de las personas de entre un 25 y un 40%. Recordemos que en el crecimiento de nuestro cerebro, que comienza a las tres semanas de la gestación con el desarrollo de las células nerviosas que se irán transformando en nuestras neuronas y continúa hasta los 20 o 30 años, hay tres principales factores de riesgo o desestructuración: el distrés (o estrés negativo), los traumas y las adicciones. Respecto a estas últimas, nuestro cerebro tiene un sistema natural de recompensa que trabaja a través de mensajeros químicos y de múltiples conexiones neuronales. Este sistema está compuesto por cuatro vías que se activan por diferentes estímulos, y tres de esas cuatro vías utilizan la dopamina. Cuando alteramos ese sistema natural con alguna adicción estamos creando un aprendizaje de secuencias de pasos dados para conseguir el objetivo placentero que crea esta memoria procedimental, una red de circuitos localizados en la base del cráneo. En definitiva, al percibir de nuevo el estímulo se promueve el recuerdo inconsciente asociado a la recompensa de esa actividad, y despierta la información necesaria para conseguir el premio”. Este proceso termina por modificar nuestras neuronas. Se llega a la necesidad del placer ligado al juego, al generado por las sustancias adictivas, por las compras compulsivas o, en este caso, por las interacciones en Facebook. Se usa una vía de recompensa que no es controlada. Con el abuso, esto puede convertirse en algo incontrolable y obsesivo. Se pierde el control que ejercen los circuitos del lóbulo frontal que procesan las decisiones ante un estímulo gratificante. Al comparar un cerebro normal y uno adicto, por ejemplo, por consumo de drogas, se observa una disminución de la actividad de diversas áreas del cerebro, relacionada con que poco a poco se va modificando la estructura y la función del cerebro por la acción de los neurotransmisores. Así pues, una adicción provoca alteraciones de la conectividad entre las diversas áreas cerebrales implicadas en el control de la toma de decisiones. Y ¿cuáles son las adicciones más comunes en nuestros días? Lo has adivinado: las drogas, el sexo, el alcohol e Internet. Cuando hemos caído en la adicción, por ejemplo, a las redes sociales, la dependencia se transforma en necesidad, ésta se vuele angustia y ésta finalmente crea una adicción que puede dañar permanentemente nuestra estructura neuronal.

Y, aunque no hace falta aclararlo, no pretendemos hacer ningún comentario anti-Facebook ni anti-Internet, pues cualquier cosa o hábito que se practique de manera compulsiva y sin control puede terminar acarreando los mismos problemas.

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